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1er premio: La cena

Víctor Bermejo Fernández - 12/11/2012

 

Su dedos tamborilearon sobre el mantel blanco perfectamente planchado de la mesa del restaurante. Tras dos meses maravillosos de relación decidió que esta noche, durante la cena, se lo diría. Pensó en ensayar las palabras, el ritmo y el tono más idóneo, pero finalmente desechó la idea. Quería ser natural; no ponerse demasiado serio. Pero ¿por qué no se lo había dicho antes?

No se conoce a alguien en la primera cita y se le dice: Hola, me llamo Alejandro y tengo trastorno bipolar, pensó. No ocultaba su enfermedad, pero tampoco llevaba puesta una camiseta donde apareciera escrito en letras fluorescentes. Las malas experiencias pasadas, sobre todo amorosas, le habían enseñado a ser más prudente. La gente no va por ahí contando sus intimidades a las primeras de cambio, se dijo. Recordó entonces cuando a Marina, tras una semana juntos, se lo contó con una naturalidad exagerada en la barra de aquel ruidoso bar. Ella lo escuchó con los ojos bien abiertos sobre una sonrisa nerviosa. La última vez que la vio, su espalda alejándose, le dijo que iba al cuarto de baño. Debió salir por la puerta trasera como una conejita asustada. O a Lucía, que se lo susurró después del sexo, considerando aquel momento de relajación y satisfacción el adecuado, pero que hizo que ésta saltara de su cama como un canguro nervioso recriminándole que hubiera esperado un mes para confesarle que estaba trastornado. Bla, bla, bla; habló rápido, vistiéndose al galope. Y dio un portazo al salir. No le dolió en exceso. Más la forma que el fondo. 

María era diferente. Su único parecido con ellas es que también es una mujer. Así que cuando la conoció decidió que no se precipitaría, sabiendo que tampoco debía eternizarse. En realidad se lo hubiera contado antes, confiaba mucho en ella, pero fue retrasando el momento. Siempre quedaba una pequeña duda; y el miedo al rechazo era aún más temido porque por vez primera estaba verdaderamente enamorado. Se sentía en el equilibrio perfecto. Y esta frase pareció provocarle sed, bebiendo agua del vaso azul que rompía con la monótona cubertería de plata junto a la vajilla redondeada y blanca del servicio. Conseguir el equilibrio emocional era una prioridad en su vida y llevaba tiempo consiguiéndolo. Se sentía fuerte y hermoso como un árbol centenario. Sabía que no debía bajar la guardia, de hecho hacía un mes que había tenido una pequeña crisis depresiva, pero era plenamente consciente de que en estos momentos de su vida había conseguido adquirir una gran seguridad en sí mismo.

Ahora con veintiocho años, qué lejos le pareció cuando con veinte, después de meses de inestabilidad emocional sin razones aparentes, donde alternó estados de ánimo depresivos con otros de excesiva euforia y actividad, le diagnosticaron trastorno bipolar. No entendió exactamente qué significaban aquellas dos perturbadoras palabras, sólo que parecían poseer el sonido de la destrucción. Y recordó cómo sus adorados padres decidieron que no se dejarían vencer, que estarían junto a él apoyándole durante toda la vida. Y tuvo que comprender y aceptar la enfermedad que ya formaba parte de él. Aprendió entonces a vivir con ella cuando llegaban los días y las noches que hacían de su autoestima un jirón, convirtiendo su vida en un sinsentido de abatamiento y desesperación; dando paso a otros periodos que transcurrían entre un estallido de energía incontrolable, de sociabilidad desmesurada, en un alarde de su persona donde apenas había espacio para el sueño y el descanso. Fue un trabajo arduo, diario, pero lentamente, con la medicación adecuada, las sesiones de psicoterapia y el laborioso conocimiento de los efectos de la enfermedad en sí mismo, consiguió vivir con normalidad, alcanzando una madurez y determinación de la que se sentía muy orgulloso. Impropia de su edad, decían sus padres. Y terminó sus estudios universitarios de Historia del Arte comenzando a trabajar más adelante en una de las galerías de arte contemporáneo más consolidadas de la ciudad.

Miró el reloj: las diez y cuatro minutos; sólo unos minutos pasaban de la hora convenida. Era él el que había llegado con un cuarto de hora de antelación al restaurante. Volvió a beber agua y miró a su alrededor con satisfacción. Había elegido una mesa lo suficientemente alejada del comedor principal, más concurrido aunque fuera martes, pero sin llegar a estar demasiado apartado del mismo. De nuevo el equilibrio. Al instante, intentando desnivelar ese equilibrio, sintió el peso de la duda. Se preguntó por qué había elegido esta situación para hacer tan importante confesión. Lo normal, se dijo, es que en estas citas se hagan proposiciones como... vivamos juntos, cariño; casémonos o qué se yo, tengamos un hijo o dos o media docena... hasta que un suave beso en el cuello lo sacó de sus pensamientos.

—¿En qué piensas?—le susurró María al oido— Estabas tan ensimismado.
—En nada especial. Cosas del trabajo, cariño —respondió.
Ella sonrió meneando leve y alegremente la cabeza, poniendo en duda su respuesta. Estaba deslumbrante. Se levantó de inmediato y la besó en los labios rojos.
—En ti, sólo pienso en ti —le dijo—. Has colonizado mis pensamientos y mis sentidos.
—Yo no quiero colonizarte. Sólo quiero verte feliz.
—Seámoslo juntos — dijo él.

A continuación le ayudó a quitarse el abrigo negro, lo colgó en la percha de pared que estaba junto a la mesa y movió la silla hacia atrás cortesmente, no exento de guasa pero sin perder un ápice de elegancia, y ella se sentó feliz. De vuelta a su silla, frente a frente, el nerviosismo anterior se disipó de inmediato, como los rayos de sol disipan la niebla, gracias a la serenidad y confianza que le proporcionaba María. Charlaron sobre el agotador día de ella en la escuela y sobre el relajado día de él en la galería. Al tomarles nota, María pidió una copa de vino blanco, un rueda verdejo frío; y él una cerveza sin alcohol. Como entrante una ensalada de ahumados al centro: lechuga, canónigos, rúcula, tomate cherry y cebolla; acompañados de salmón, bacalao y atún ahumados, y aderezados con aceite de oliva virgen extra y vinagre balsámico de módena. Y rematado con sésamo. María decía no tener mucho apetito, y se puso japonesa, pidiendo una tempura de verduras acompañada por salsa de soja y sake dulce. Él fue carnívoro: un chuletón de ternera poco hecho con guarnición de pimientos rojos confitados.

Transcurrió la cena con la placidez y el placer de dos personas que se sienten cómplices, enamoradas. Rieron, callaron, hablaron; también de la película que ayer noche vieron por enésima vez, abrazados en el sofá bajo la gozosa manta, Con faldas y a lo loco; de lo gran actor que era Jack Lemmon, de lo femenino que podía llegar a ser Tony Curtis; discrepando sobre el magnetismo de Marilyn y coincidiendo en lo verdaderamente maravillosa que les resultaba la escena final, su favorita. En los postres, tiramisú para él y tarta de queso para ella, Alejandro recordó la razón principal por la que había invitado a cenar a María. Al verla reír, aprovechó el momento para ponerse no demasiado serio.

—María, tengo algo que contarte. No sé si debí habértelo dicho antes, pero te lo digo ahora. Te pido perdón. No quiero que pienses que te he engañado; he intentado hacerlo lo mejor que he podido.
Ella le miró fijamente y arqueó sus negras cejas.
—¿Me quieres asustar cariño?
—Espero no hacerlo —dijo él— . Padezco trastorno bipolar. Ya está. Ya lo he dicho... Espero tener todo el tiempo del mundo para responder a tus dudas, que imagino serán muchas. Llevo unos ocho años medicándome con distintos fármacos y asistiendo regularmente a sesiones de psicoterapia. Como habrás comprobado hago una vida normal. Pero la enfermedad está ahí. Recuerdas hace un mes, cuando estuvimos varios días sin vernos, te dije que tenía mucho trabajo pendiente... En realidad estaba sumido en una crisis depresiva... leve, pero crisis. No te voy a mentir, si finalmente no sales corriendo despavorida y decides quedarte conmigo va a haber momentos duros, llegarán días en los que sufriré estados de ánimo extremos, tanto de euforia como de depresión...—sintió que se estaba poniendo muy serio y una sensación de inseguridad le invadió— y no sé, cariño, así para empezar, qué más contarte...

En ningún momento María abandonó el rostro de ojos azules de Alejandro. Y mientras lo
escuchaba atentamente, tras cada una de sus palabras y gestos ella había adivinado a su vez unas cualidades no verbalizadas por él: honestidad, valor, emoción, fortaleza; y lo verdaderamente conmovedor es que todas estas palabras y gestos las descubrió cubiertas por una finísima capa de miedo. Ese miedo sutil que demuestran las personas valientes al ser capaces de mostrar su fragilidad. Y de pronto fue ella quién tuvo miedo, miedo a lo desconocido, miedo por no estar a la altura de su honestidad, miedo al no poder ayudarle cuando él la necesitara... miedo que finalmente sintió desaparecer por la llegada de algo cálido que era como una luz invisible, como un resplandor que calentó e iluminó su vida hasta el más pequeño hueco y hendidura. Esto, fue lo último que pensó, debe ser el sentido de la vida. Así que tras coger la mano de Alejandro y esbozar una limpia y cómplice sonrisa, le dijo:

—Bueno, nadie es perfecto.

 

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